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La trampa de la certeza

Por: Gerardo Garibay Camarena

 

Doctor en Derecho, profesor, escritor y consultor político. Su nuevo libro es “La trampa de la Certeza: Y otras reflexiones sobre todo lo demás". 

 

A los seres humanos nos gusta la aventura, pero solo en pequeñas dosis.

 

Disfrutamos de un thriller o un drama cinematográfico, pero lo gozamos justamente porque no somos nosotros los que enfrentamos la incertidumbre que agobia a los personajes en pantalla; en cierta forma, la literatura y el cine funcionan porque nos producen el inocuo schadenfreude de ser los testigos ajenos de desgracias imaginarias.

 

Algo semejante ocurre, por ejemplo, con el turismo, que funciona en su gran mayoría justamente porque ofrece experiencias que solo parecen aventuras, pero en realidad están plenamente controladas; o porque, apenas envuelta en un disfraz de aventura, nos ofrecen una experiencia de certeza absoluta, all inclusive.

 

Por supuesto, hay excepciones: pioneros y aventureros reales, que conquistaron los siete mares, domaron el viejo oeste y pusieron sus botas sobre los más inhóspitos rincones del planeta, pero la excepción confirma la regla: en términos generales, por más que pretendamos contarnos el cuento de que somos como aquellos gigantes Juan Sebastián Elcano, Hernán Cortés o Roald Amundsen, no es cierto.

 

No somos criaturas de exploración, sino de rutina. Anhelamos y preferimos tener bien claro dónde dormiremos, qué comeremos, en qué trabajaremos. Certeza, pues.

 

Esa tranquilidad respecto al desarrollo de nuestra vida va mucho más allá de una moda o un elemento cultural; está conectada desde la raíz, como un anhelo visceral y fundamental para los seres humanos. David Rock explica que nuestro cerebro anhela certeza de forma similar, y usando circuitos similares en formas análogas al cómo anhelamos comida, sexo y otras recompensas primariasA tu cerebro no le gusta la incertidumbre, es como un tipo de dolor, algo a evitarse.[i] 

 

Sí. Una vez más. La incertidumbre es como un tipo de dolor, algo a evitarse.

 

De ahí que la certeza y las rutinas que de ella emanan, son parte y parcela de la experiencia humana y de los procesos de civilización: Al menos un poco de certidumbre es necesaria, la plena incertidumbre nos resultaría -incluso físicamente- insoportable. Sin embargo, del otro lado de la ecuación, la plena certeza es imposible. Estamos condenados a la incertidumbre; vivir significa, inevitablemente, afrontar circunstancias, personas y decisiones fuera de nuestro control.

 

Y eso, en el fondo, nos pudre de coraje. Queremos certeza, la queremos a toda costa y estamos dispuestos a pagar por ella. No solo con dinero, sino con nuestra mente, nuestras voces y nuestras propias vidas

 

Ya sea de centro, derechas o de izquierdas, sin importar los matices particulares de la ideología que pretenda defender, el militante de la certeza quiere control económico, político y social, en la vana esperanza de desterrar los contratiempos; a cambio, se convierte en presa fácil para aquellos prestidigitadores y sinvergüenzas que le ofrezcan certidumbre, a cambio del módico precio de su libertad, y la de todas las personas.

 

No es casualidad, es destino: Una y otra vez, el experimento termina en un desastre más o menos evidente; ya sea en la muerte lenta del estancamiento económico y social, en la amarga rutina de la hiperinflación y el estraperlo, o en la brutal crueldad del genocidio abierto, los gulags y las purgas.

 

Ahora bien, ¿vale la pena superar el miedo y enfrentarnos a esa compleja incertidumbre? Sí; no solo porque ello sea lo correcto, sino porque, en realidad, es inevitable.

 

No importa qué tanto pretendamos refugiarnos en la trampa de la certeza, no importa qué tanto anhelemos tener claro todo a nuestro alrededor, el mundo no funciona así, ni se somete dócilmente a la predicción de los planificadores.

 

La realidad viva, fuera de las hojas del plan de gobierno, está construida, desde los cimientos y hasta la última torre, con bloques de incertidumbre, de ahí que aquella frase atribuida a Platón proclame que “solo los muertos han visto el fin de la guerra”, complemento involuntario pero perfecto de aquella dolorosa pregunta de Job acerca de que ¿no es una milicia lo que hace el hombre en la tierra? ¿no son jornadas de mercenario sus jornadas?[ii]

 

Para salir de esa trampa, el primer paso consiste en comprender que, aunque duela y resulte hasta chocante, la incertidumbre es igualmente necesaria para el éxito de la vida humana. No podemos controlarlo todo, no podemos predecirlo todo, no podemos saberlo todo, pero -justamente por eso- tenemos la oportunidad para crear y para prosperar, si es que nos atrevemos a salir a la aventura, enfrentando los riesgos y -quizá- derrotándolos, un día a la vez.

 

En pocas palabras: La certeza es el privilegio de los esclavos, la incertidumbre es la carga de las personas libres, y vale la pena llevarla sobre los hombros.

 

 



[i] Rock, David. “Hunger for Certainty”, Psychology Today, octubre 25, 2009.

[ii] Biblia de Jerusalén, edición española, 1975, p. 661.


Nota: Escrito dedicado a los que leyeron el trabajo sobre China. En la Dictadura se vive en certeza en la DEMOCRACIA siempre se vive en incertidumbre.


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