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Los puntos sobre las íes

Hay quien dice que el viaje del Papa León XIV a España será para su pontificado, lo que fue el primer viaje del Papa Juan Pablo II a México. En el primer encuentro entre el Papa polaco y el pueblo de México, el cariño y la entrega fue de tal magnitud, que a partir de entonces el Pontífice decidió iniciar un pontificado itinerante que lo llevó a encontrarse directamente con muchas naciones que lo recibieron con afecto.

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El primer viaje de Juan Pablo II fue con motivo de la celebración de la III CELAM en Puebla, evento del episcopado latinoamericano programado en tiempo de PAULO VI, quien murió antes de la fecha prevista. El Papa Juan Pablo I confirmó la celebración de la Conferencia, pero anunció que no asistiría, pero también murió. Fue así como el Papa que vino del Este, viajo con un doble propósito, inaugurar la reunión de los obispos y encontrarse con los mexicanos, en una situación en la que no existían relaciones diplomáticas entre el Vaticano y México, y no se habían derogado las normas que dieron origen a la persecución religiosa y el levantamiento cristero.


Los señalamientos del Papa Juan Pablo II en la CELAM, en momento en que emergía con fuerza la teología de la liberación contaminada por el marxismo, fueron un duro golpe a quienes pretendían hacer de ese foro una oportunidad para introducir oficialmente a nivel latinoamericano esa corriente, que menosprecia a y marginaba la Doctrina Social de la Iglesia. El Papa Juan Pablo reafirmó rotundamente, que no solo era válida la DSI, sino que constituía una teología moral que debía seguirse. Allí inició el declive de esa corriente.


En el caso de España, el motivo del viaje del Papa León XIV no coincide con un evento eclesial, sino con la oportunidad de encontrarse con una nación y un pueblo que a lo largo de la historia hicieron grandes aportes a la Iglesia y a la Historia Universal. Fue a inaugurar, sí, la torro principal de la Iglesia de la Sagrada Familia diseñada por Gaudí y su construcción ha llevado años, con una ceremonia verdaderamente impresionante, tanto en el templo como en el exterior, que fue concebida y ejecutada inicialmente por quien hoy va en camino a los altares.


Pero ahí mismo, en Barcelona, el Papa hizo un claro señalamiento que estaba en España, rechazando implícitamente las tendencias separatistas de que se manifiestan en esas tierras y que han puesto en peligro la unidad de España, ahí les señaló que la vocación de Cataluña es la unidad, con una alusión más directa al tema del separatismo.


Resulta más trascendente, sin embargo, el discurso del Papa en las Cortes Españolas, donde, frente a los ataques que ha sufrido España por su labor a partir del descubrimiento de América (¿acaso pensaba en México?) hizo un gran reconocimiento a su aportación, no solo al país, sino a la historia universal. Destacó cómo a través del tiempo se fue entretejiendo la fe y la razón, el arte y el derecho, donde la tradición y el pensamiento se han encontrado fecundamente. Elogió a sus catedrales y universidades, su literatura inmoral (citó El Quijote), sus instituciones jurídicas y los grandes aportes de la Escuela de Salamanca, que trascendió lo local y abrió una nueva visión del derecho internacional con las aportaciones de Francisco de Vitoria, los jesuitas y dominicos. Un mensaje para los acomplejados de allá y de acá, que por el aporte de España al cristianismo (Santa Teresa, entre otros) y al mundo jurídico, buscan negar y destruir eso para imponer corrientes ideológicas totalmente contrarias.


Pero resulta puntualmente trascendente el señalamiento que hizo al papel de los legisladores que están llamado a elaborar leyes que protejan la dignidad humana y estén a su servicio. Recordó que la dignidad de la persona precede a las concesiones que otorga el Estado, que no se subordina a consensos sociales ni puede estar sujeta a las opiniones de las mayorías del momento. Recordó el inolvidable discurso del Papa Benedicto XVI ante el Bundestag, donde señaló que el problema del nazismo fue consecuencia del olvido del derecho natural, y pasó a realizar la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, en un parlamento que ha aprobado el aborto y la eutanasia, con palabras que es necesario reproducir para que las lean nuestros legisladores:


“… me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización.”


No podía haber hecho una alusión más valiente, clara y directa ante quienes han traicionado esos principios. Puso los puntos sobre las íes y, sin embargo, al concluir su mensaje, la Asamblea, puesta de pie le otorgó un prolongado aplauso que parecía no terminar de concluir y que solo cesó cuando finalmente en medio de la ovación se retiró de la tribuna y abandonó el ámbito legislativo. Voces como las de León XIV, claras, firmes, respetuosas y valientes, son necesarias en México.


 

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