La identidad católica de México
Así como los hombres, desde los inicios del pensamiento filosófico, se han preguntado acerca de su naturaleza, de su ser, de su identidad, no han faltado los intentos por conocer la naturaleza de la sociedad, en general, y de los pueblos, en particular. En México, desde el siglo pasado, no han faltado los intentos por conocer la identidad de México o de los mexicanos.

Existen muchos autores que abordan el tema desde diversas perspectivas: Samuel Ramos con El perfil del hombre y la cultura en México; Francisco González Pineda, en El mexicano su dinámica psicosocial; Octavio Paz, en El laberinto de la Soledad; Tarsicio Herrera Vega, en MÉXICO país de incongruencias; El dualismo del Mexicano. Blanco y Negro, México Siglos XVI-XXI, de Luis Gilberto Orozco; Persona e Identidad Mexicana, de Juan Armando Louvier Calderón, entre otros. Además, numerosos escritores hacen alusión a la identidad de los mexicanos.
Los enfoques son diversos, los sociológicos, los históricos, los filosóficos, los psicológicos y étnicos. En ellos suelen enunciarse rasgos externos, comportamientos, contradicciones, carencias, complejos, etc. Sin embargo, desde mi punto de vista, aunque suele mencionarse la religión como uno de los componentes del ser del pueblo mexicano, pocas veces se le da la importancia que tiene, aunque no faltan las afirmaciones de que los grandes males que tenemos son culpa de ella. No faltan, afortunadamente, quienes también ven en la religiosidad de los mexicanos un elemento esencial de nuestro pueblo.
El Episcopado Mexicano, con motivo de los 175 años del inicio de la lucha por la Independencia de México, expresó: “De dos historias humanas distintas, la indígena y la española, surgió un pueblo nuevo: el mexicano. Este pueblo nuestro… nació del bautismo y de la profesión de la fe católica. Fue una porción del pueblo de Dios reconocida en mensaje de la Virgen de Guadalupe, espejo de la conciencia nacional”.
Efectivamente, el hecho guadalupano de 1531 marcó indisolublemente lo que habría de ser la nación mexicana, pues, aunque el inicio no marca la nacionalidad, la historia sí lo hace. A través de nuestra historia, la Madre del pueblo mexicano, representado en San Juan Diego, a quien llama “hijito”, nos ha acompañado en los grandes acontecimientos, buenos y malos, de la vida de México. Así, como madre atenta, a lo largo del tiempo ha permanecido el eco de las palabras dichas a Juan Diego: «¿No estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? […]. ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos?”
La aparición de la Guadalupana ha sido reconocida por católicos y no católicos, como parte consustancial de la nacionalidad mexicana, que ha estado presente en el nacimiento de la nación, las luchas por la independencia, como remedio ante las tragedias y enfermedades. Esto se manifiesta continuamente en las continuas peregrinaciones de mexicanos de todos los niveles o actividades a lo largo del año y los millones de fieles que llegan a la basílica de Guadalupe entre la noche del 11 y el 12 de diciembre, que la convierten en uno de los templos más visitados del mundo.
La expansión del cristianismo a partir de ese hecho fue asombrosa. Pronto los indígenas y los mestizos asumieron esa identidad y la reflejaron en la incorporación de las festividades cristianas a la vida de los pueblos, adoptando el patrocinio de la Virgen María, de diversos santos y la especial adoración a Cristo bajo diversas expresiones de su pasión, como son las representaciones de la pasión durante la Semana Santa. Pueblos y parroquias adoptan festividades religiosas como punto de festejo y algarabía que une a todos.
Otra forma de expresión de la asunción del cristianismo como parte de su identidad se reflejó, y aún permanece, en la arquitectura de los templos, no solo con el fino trabajo de interpretación de los planos arquitectónicos de origen español, sino por el fino arte del churrigueresco con el que se adornaron.
La labor misionera y educativa de los religiosos penetró en el alma del pueblo. Culminada la Conquista, los franciscanos realizaron una importante labor educativa a la que pronto se sumaron los agustinos y los jesuitas. El impacto de la presencia de los jesuitas se manifestó en las protestas derivadas a raíz de su expulsión en 1767.
El proceso de cristianización no fue fácil. Numerosos misioneros fueron martirizados e, incluso, indígenas como los santos niños de Tlaxcala muertos por sus familiares en 1527 y del nieto de Xicoténcatl y su pajecito.
Conforme a las costumbres de la época, la religión católica fue la única permitida durante el Virreinato y en los primeros años de la independencia. Tanto en el proyecto constitucional de Ignacio López Rayón, como en los Sentimientos de la Nación y la Constitución de Apatzingán, se declaraba a la católica como la única religión del pueblo de México. En el Plan de Iguala de Agustín de Iturbide se declaraba al catolicismo como uno de los elementos constitutivos de la Nación.
Esto se explica no sólo como un fenómeno religioso, sino por la inculturación de los principios de la cultura mexicana. Esto fue asumido por gobernantes como Vasco de Quiroga, miembro de la Segunda Audiencia, quien también realizó una obra civilizadora que caló profundamente entre las comunidades originarias que, finalmente, asumieron el mestizaje por este camino.
Sin embargo, el liberalismo introducido por la masonería ha propugnado, desde la independencia, erradicar esta identidad católica por diversos caminos: el legal, a partir de las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857 y la de 1917; el educativo, introduciendo la educación laica; el social, mediante el matrimonio civil, el divorcio y destruyendo las corporaciones a favor del individualismo; el liberalismo económico, y el moral, permitiendo la liberalidad de las costumbres, el control natal y el aborto.
Ante esos embates, el pueblo siempre ha respondido en la preservación de su fe, tanto en sus usos y costumbres de la religiosidad popular, como en confrontaciones políticas y militares, como fue la Guerra de Tres años, o la defensa de la libertad religiosa ante la persecución por parte de los cristeros. Y aunque en estos dos últimos dos casos los luchadores no resultaron triunfantes, la realidad se impuso, lo mismo durante el Porfirismo, donde se vivió una tolerancia a lo religioso, que con los llamados arreglos de 1929, que establecieron un modus vivendi. Fue hasta las reformas a la Constitución de los artículos 3º., 5º., 24, 27 y 130, que la Iglesia fue reconocida legalmente y permitida su labor educativa.
El embate contra el cristianismo no ha cesado. A través de la legislación secundaria o las normas oficiales, se vienen introduciendo actividades y acciones, principalmente en el campo de la salud, contrarias a los principios cristianos.
También se ha desarrollado una continua labor educativa contraria al cristianismo. El ataque, hoy, es en el ámbito de la cultura y los valores. El pueblo mexicano resiste. El pueblo mexicano sigue siendo católico y reconociéndose como tal, en medio de infidelidades e incoherencias, pero finalmente, católico.










