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¡Gloria a Caín!

La envidia de la virtud

hizo a Caín criminal.

¡Gloria a Caín! Hoy el vicio

es lo que se envidia más.

[…]

No extrañéis, dulces amigos,

que esté mi frente arrugada.

Yo vivo en paz con los hombres

y en guerra con mis entrañas.

 

(Campos de Castilla, Antonio Machado)

 

Cuando fuimos creados, Dios nos hizo señores de la creación: Y los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra»” (Cfr. Gn. 1, 28). Dios nos dio la autoridad para dominar la creación entera. Con el paso de los siglos muchos seres humanos hemos olvidado que también somos creaturas, por lo cual también debemos ejercer dominio sobre nosotros mismos pues tenemos la inteligencia y la voluntad para hacerlo.


El relato de Caín y Abel resume cabalmente lo que sucede cuando no ejercemos dominio sobre nosotros mismos: “Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?».” (Cfr. Gn. 4, 9)


Esta frase es clave para que entendamos lo que sucede, no digamos sólo en Nigeria, Irak o Siria, sino aquí mismo en nuestra colonia: ¿Reconocemos en el prójimo a nuestro hermano o hermana?, ¿entendemos que todos los seres humanos, como dominadores de la creación, somos guardianes de nosotros mismos? La pregunta de Caín es elocuente en cada suceso de la historia en que una persona ayudó al desamparado, un soldado perdonó la vida  a un enemigo, un benefactor donó recursos a un albergue, en fin, millones de ejemplos en los que la respuesta a Caín es SI, yo soy el guardián de mi hermano.


Aquí la ironía es que Caín envidiaba la virtud, quería ser como su hermano que era bueno y sus sacrificios agradaban a Dios, pero hoy, como versa el poema de Machado, parece ser que se envidia el vicio, lo malo, lo que daña aún a costa de otros. Filas enteras de jóvenes viven la desesperanza y el vacío producto de una ausencia de fe que les llenaría su espíritu y les daría sentido, rumbo y esperanza, pero ante esa situación negativa la respuesta de la sociedad ha sido crear modelos de vicio aspiracionales: el delincuente con dinero, colguijes de oro, autos, lujos y descansos. En lugar de ejercer dominio sobre la tierra, dejamos que la tierra nos domine.


Aquí entra la segunda estrofa que cito de Antonio Machado que recuerda un poco esa lucha interna que todos tenemos con “nuestras entrañas”, léanse nuestros vicios, nuestras debilidades, nuestras omisiones, que si las derrotamos viviríamos en “paz con los hombres” puesto que derrotar los vicios nos fortalece en la virtud y la virtud necesariamente nos hace más cercanos al prójimo, debido a que la virtud se nos dio para donarla a los demás, no para guardarla celosamente como ostras con su perla. Entender esto es muy alentador, pues rompe con la desesperanza y la falta de sentido que padecen muchas personas en nuestra sociedad. Donar la virtud que gratuitamente recibimos al ser creados nos hace más felices y mejores personas; ¡a quienes la donaron en grado heroico les hacemos altares y los llamamos Santos y Santas!


La virtud es realmente lo que une a una comunidad porque todos nos necesitamos los unos a los otros y esa es la razón última por la cual somos seres sociales. La fe cristiana es la que reveló las maravillas de la virtud donada por Dios a la humanidad y quien nos dio luz sobre el significado de la dignidad humana.


La mejor forma de vivir en Justicia y Paz es reconociendo ampliamente la dignidad humana en todas las personas, reconociendo en toda la virtud que reside en cada ser humano y donando nuestra virtud al prójimo. Esta premisa se resume magistralmente en el onceavo mandamiento: Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Cfr. Jn 15, 12).


La juventud de México juega un papel clave y desde hace 32 años da testimonio de ese mandamiento peregrinando con fe al Monumento Nacional Cristo Rey la Paz en el cerro del Cubilete. Guanajuato, cuyo lema este 2015 es “Justicia y paz en México, exigencia y compromiso de la juventud” que revela el anhelo de un espíritu que desea la paz a todos indistintamente y la conciencia plena de la responsabilidad que se asume libremente por amor. 

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Amando al prójimo es como se edifica la auténtica Justicia y la consecuencia es la Paz. Una y otra vez se ha dicho que la Paz no es la ausencia de armas, sino las condiciones para el pleno desarrollo humano, las condiciones que exige el Bien Común: “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Cfr. Gaudium et Spes, 26)


Poner nuestras capacidades y virtudes al servicio de la comunidad es colaborar en la edificación del Bien Común.

 

José Luis Dueñas Barrera

Maestro en Administración Pública, catedrático en la UNAM y en la Univ. Internacional de La Rioja.

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