Brasil decide presidente en un balotaje al límite, con las calles y las redes polarizadas
Los brasileños vuelven a las urnas este domingo 25 de octubre para elegir al presidente de la República. La segunda vuelta enfrenta al presidente Luis Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), que busca la reelección, y al senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL).

En la primera vuelta, el hijo mayor del expresidente Bolsonaro obtuvo el 47% de los votos válidos (poco más de 56 millones) y Lula el 45% (casi 54 millones). La diferencia fue de cerca de 2,2 millones de votos a favor del senador, un resultado que sorprendió, pues casi todas las encuestas colocaban a Lula como favorito.
Al parecer, existía un “voto avergonzado”, decidido a votar por Flávio pero que no apareció en los sondeos. A ello se sumó una fuerte tendencia al “voto útil”, que se aceleró en la víspera de la elección y “deshidrató” a los 10 candidatos de la “tercera vía”, que juntos sumaron el 7.85% de los votos.
Como ninguno de los dos punteros superó el 50%, la disputa se prolongó tres semanas más, con una gran polarización en las calles y en las redes sociales.
La derecha llega al balotaje con una pequeña ventaja numérica en la mayoría de las encuestas (de uno o dos puntos) y una movilización callejera multitudinaria e inédita. Lula, por su parte, recurrió a la máquina de gobierno y a una red digital sin precedentes, que coordina a 10 millones de simpatizantes, para conquistar el voto de centro y a los indecisos.
Un balotaje al límite
Si las encuestas han captado con fidelidad el momento actual, la elección se decidirá por uno o dos puntos de diferencia, como ha ocurrido en la mayoría de las últimas contiendas presidenciales de Iberoamérica.
El periódico Folha de S.Paulo divulgó el jueves pasado un sondeo que apunta a un empate en votos válidos: 50% para cada contendiente. El instituto Quaest había publicado un día antes un resultado de 50,56% para Flávio y 49,44% para Lula. El resto de los institutos mostró la misma tendencia, salvo dos.
Gerp Pesquisas publicó el miércoles pasado una encuesta que coloca a Flávio con 53% de los votos válidos y a Lula con 47%. El Instituto Veritá divulgó el viernes un 51,3% para Flávio y un 48,7% para Lula, también en votos válidos. Estas dos casas fueron las que más acertaron en la primera vuelta, al colocar a Flávio al frente. Datafolha y Quaest erraron al presentar a Lula como ganador. Las últimas encuestas se publicarán la noche del sábado.
Lula: un ejército digital y militancia en las calles
Lula decidió girar toda la campaña de la primera vuelta en torno a su “legado”, sin autocrítica ni visión de futuro. Los actos públicos se realizaron mayoritariamente en locales cerrados, con poca gente, y no compareció a ningún debate. Se pedía al elector votar por el “padre de los pobres” para consolidar una herencia del PT con 18 años en el poder. La mayoría optó por el cambio.
La recuperación de Lula en la intención de voto tiene causas claras. El exsindicalista despertó y dio un giro a su estrategia. Desde el lunes siguiente a la primera vuelta, el presidente entendió que se había equivocado al apostar por el legado y no perdió tiempo en lamerse las heridas.
El senador Camilo Santana asumió la coordinación general de la campaña y le dio otro tono. Hubo manifestaciones callejeras multitudinarias en las principales ciudades del país, con Lula, y no la primera dama, como estrella. Se adoptó una narrativa “épica” (“la democracia del país está en riesgo, salvémosla”) y un uso masivo, intenso y sistemático de las redes sociales para movilizar a la militancia y a sus electores.
El diputado André Janones creó el “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp desde el que ordena, con un trato nada democrático, misiones diarias, a todas horas, con el objetivo de ganar voto a voto. El canal tiene 10 millones de seguidores.
Además, y no menos importante, está el uso de la máquina del gobierno. Lula intensificó la entrega y el anuncio de paquetes de beneficios para los sectores más pobres o endeudados. Aumentó en 15% el valor del programa asistencial Bolsa Familia (no había hecho ningún reajuste en sus cuatro años de gobierno), que cuenta con cerca de 49 millones de beneficiarios. Los pagos se adelantaron y comenzaron a caer en las cuentas bancarias el 19 de octubre, una semana antes del balotaje.
También otorgó un subsidio al diésel y anunció el perdón de deudas de pequeños y medianos empresarios, con un bono en efectivo de aproximadamente mil dólares para “recomenzar”. Sumó la renegociación, con descuentos de hasta 90%, de las deudas de personas físicas, y prometió transporte gratuito todos los domingos y eximir del impuesto de renta a cerca de 20 millones de personas.
Un monitoreo del periódico O Estado de S. Paulo calculó el impacto total del paquete de beneficios durante el periodo electoral en casi 405.000 millones de reales (aproximadamente 71.300 millones de dólares).
Flávio: una gigantesca ola verdeamarela y la marea del voto útil
La campaña de Flávio dedicó la primera semana posterior a la elección a articular nuevas alianzas. Los candidatos más significativos de la “tercera vía” le brindaron su apoyo y varios partidos de “centro” se sumaron en una especie de “frente amplio”. El clima de “ya ganó” parece haber frenado el impulso ascendente que traía en las últimas semanas antes de la primera vuelta.
Sin embargo, ante la recuperación de Lula, se reforzó la apuesta original: tomar las calles con manifestaciones pacíficas, de tono festivo y no agresivo. El líder de esta estrategia fue Nikolas Ferreira, un joven político de 30 años, radicado en Belo Horizonte y reelecto diputado con más de 3 millones de votos. Su perfil de Instagram cuenta con 25,5 millones de seguidores y es la figura de derecha más popular del país después del expresidente Jair Bolsonaro.
La estrategia del “Bloquinho 22” emula la dinámica de un carnaval callejero: el “bloquinho” es el grupo de personas que se reúne a festejar y el “22” es el número electoral de Flávio. Con un camión de sonido, banderas, música y jingles, reúnen a una multitud que celebra. Es una reformulación del mitin político, convertido en algo festivo, pacífico, familiar y juvenil, con Flávio, Nikolas y otros líderes locales al frente. Los discursos son pocos y cortos, y las canciones, bailables, cantan la política con el sonido funk de la periferia. Es una derecha que no parece ni odiosa ni extremista.
Con los “bloquinhos”, Nikolas logró una proeza en la primera vuelta: Flávio ganó en su estado, Minas Gerais, el segundo colegio electoral del país, a pesar de que las encuestas ponían a Lula al frente. Desde 1998, quien gana en Minas gana la elección. El joven diputado hizo palatable para el elector mineiro a un candidato no tan fuerte y con varios flancos abiertos, promoviéndolo (y a veces subiéndolo) en los “bloquinhos” que realizó en las nueve regiones del estado.
En las dos últimas semanas, Nikolas lideró junto con Flávio los “bloquinhos” en ciudades estratégicas de todo el país y, sobre todo, en el Nordeste, reducto histórico del lulopetismo. En esa región, Flávio tuvo un incremento de 1.611.579 votos respecto al desempeño de su padre en 2022, un crecimiento del 18%. Los recientes actos con este formato en Salvador (Bahía) y Recife (Pernambuco) son impresionantes: cada uno reunió a más de 100.000 personas.
Esta movilización callejera, junto con la tendencia del “voto útil” identificada en la primera vuelta, es la principal fortaleza de Flávio Bolsonaro.
Tres escenarios para el domingo
Según las encuestas, la elección parece abierta. Pero el escenario tendencial y más probable, bajo esta lectura, es un triunfo de Flávio por dos o tres puntos de ventaja, en un cierre palmo a palmo. Sería una gran victoria, que mostraría que el uso de la máquina pública no entierra la voluntad de cambio.
Hay, sin embargo, otros dos escenarios.
Si se repite el fenómeno del “voto avergonzado”, aquel que no se declara por el clima de estigmatización y polarización, Flávio podría vencer a Lula con una distancia más contundente, de cinco puntos porcentuales. Creo que este escenario puede sorprendernos el domingo. En él, Lula podría incluso obtener menos votos que en la primera vuelta si crece el ausentismo en su base. Las manifestaciones callejeras de los “camisas rojas” mostraron, por un lado, que la militancia lulopetista no está muerta. Pero también dejaron al desnudo a una izquierda que con frecuencia desprecia al ciudadano común y lo hace sentir incómodo en su propia ciudad.
El último escenario, la victoria de Lula, exigiría que un número significativo de quienes no votaron en la primera vuelta lo hiciera ahora y le diera mayoritariamente su voto, y que además captara más del 60% del voto de la tercera vía. Es improbable, aunque no imposible, sobre todo por la derrama económica y los beneficios ofrecidos en las últimas tres semanas. Estaríamos ante un cuadro de elección comprada, en un país donde la Justicia Electoral es un campo de disputa entre ministros que no se caracterizan por su imparcialidad.
Diego Hernández
Periodista







