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¿Sheinbaum importa?

hace 22 horas
5 min de lectura

Que si la presidenta Sheinbaum dijo X o Y en el minuto 52:13 de la ‘mañanera’. Que, si Juanito McGuffin o Pedrito Pérez serán los “coordinadores de la defensa de la patria, el bienestar y la cuadra de enfrente”. Que si se van a prohibir los memes. Que si los candidatos presidenciales tendrán que renunciar a la doble nacionalidad. Que si Juanito vio feo a Pedrito. Que si tal o cual…


Esos son los grandes temas de la discusión política en México. Son polémicas divertidas, sin duda. El problema es que son también muy, pero muy, pero muy irrelevantes; los grandes temas que realmente definirán el futuro de este país no están ni en la mañanera del oficialismo ni en las pancartas de la oposición.


¿Cuáles son esos temas? Acá van tres ejemplos de las últimas semanas.


Primero, el lunes 28, el exitoso lanzamiento de la Starship, que llegó por primera vez a órbita y desplegó 26 satélites que, en cuestión de minutos, incrementaron en más de 1% la capacidad de la red de internet a nivel mundial.


Sí, 26 nuevos satélites que, una vez desplegados, alcanzaron, cada uno, un tamaño similar al de un avión comercial, y que son apenas el primer paso de una nueva generación que convertirá a la red satelital en la base de la infraestructura global de internet, con todo lo que ello implica en términos de equilibrios, de infraestructura y de poder.


El lanzamiento también confirma la viabilidad de la Starship como pionera de una nueva categoría de cohetes capaces de desplegar en órbita hasta 100 toneladas por viaje, a precios comparativamente mucho menores que los de cualquier sistema previo. No es solo que la Starship sea la puerta para colonizar Marte, que lo es. Es también todo lo que viene en el proceso, incluida la capacidad de desplegar infraestructura espacial a gran escala y en cuestión de horas, en lugar de años.

Imagen de Magnific
Imagen de Magnific

¿Qué infraestructura? Nuevas estaciones espaciales, nuevos telescopios y nuevas estaciones de energía solar capaces de superar drásticamente la eficiencia de cualquier cosa que podamos montar en la superficie terrestre.


El espacio ya está abierto, no solo para la exploración, sino para la economía. Y ello implica una transformación radical de los equilibrios en sectores tan importantes como la energía, la logística y las comunicaciones; incluyendo, por supuesto, a las empresas y a las instituciones mexicanas.


Luego están los avances en inteligencia artificial, que se han convertido rápidamente en una rutina que no por ello debería dejar de asombrarnos -y de atemorizarnos, al menos un poco.


En cuestión de meses, las aplicaciones de inteligencia artificial pasaron de ser una curiosidad que hacía imágenes chistosas a una herramienta cada vez más integrada en los flujos de trabajo de las empresas y de los gobiernos.


Este martes el presidente Trump recibió en la Casa Blanca a los CEOs de las principales empresas de inteligencia artificial en el bloque estadounidense, donde acordaron un marco de trabajo común que le permita a los Estados Unidos mantener el liderazgo y afrontar el desafío de China en esta industria, de la que ya dependen y dependerán todos los demás sectores de la economía, lo mismo en Nueva York que en Oaxaca.


La tercera noticia es el colapso de la natalidad. La estadística de nacimientos registrados, publicada por el INEGI este 25 de septiembre, confirma una verdad cada vez más evidente sobre el terreno: México está dejando de tener hijos, a gran velocidad.


Durante décadas hablamos tanto del bono demográfico y de la juventud como fuerza competitiva de México que estas frases se convirtieron en un cliché, repetido hasta el punto en que dejamos de pensar en ello. Ahora ese bono está agotado. México ya registra un millón de nacimientos menos al año, a comparación del 2010; el país se desplomó por debajo de la tasa de reemplazo, y ese colapso no es reversible.


Estos temas tendrían que ser el verdadero foco del debate. Sin embargo, están reducidos a una esquina anecdótica, porque la clase política, de todos los partidos y de todos los colores, se encerró tanto en la seducción del sonido de sus propios chismes que se ha vuelto incapaz de ver más allá de ellos.


Sí, de vez en cuando sus integrantes se refieren a los cambios tecnológicos y demográficos. Pero, al menos desde aquella campaña de Anaya en 2018, nadie les ha dado la importancia debida; hablan de ellos como si fueran un mero accesorio, gradual y prescindible, un puñado de datos escondidos en las estadísticas.


No entienden que la inteligencia artificial, la explotación de los recursos del espacio y el cambio demográfico son, en realidad, una serie de auténticos tsunamis. Revoluciones que ya están transformando las reglas mismas a partir de las cuales se construyen la economía y la convivencia, lo queramos o no.


No estamos ante un mero cambio de circunstancias. Ni siquiera ante un cambio de época. Estamos ante un cambio de civilización, cuyo impacto solo podría compararse con el descubrimiento de América, con la invención de la escritura o con el descubrimiento de la agricultura; eso sí, con la diferencia de que esta vez, los cambios no ocurrirán en un lapso de siglos, sino de años y de meses.


Ante impactos de este tamaño, lo de si Andrea Chávez es o no candidata de Morena al gobierno de Chihuahua, o lo de si un grupo de ociosos le pegó a una escultura de Felipe Calderón, es irrelevante hasta el punto de la frivolidad.

Durante los próximos cinco años, México vivirá una transformación de a de veras, más intensa que cualquiera que haya en su historia reciente.


·         ¿Qué va a pasar con la última gran generación, la de los nacidos entre 2008 y 2012, que saldrán de las universidades por miles en los próximos diez años, para encontrarse con que no solo su educación, sino hasta sus profesiones quedaron obsoletas?


·         ¿Qué va a pasar con un país que estaba diseñado para ser un país de jóvenes, pero que ya ha dejado de serlo, y ahora será un país de viejos, con los mismos problemas que los europeos, pero sin el dinero o las instituciones europeas?


·         ¿Qué va a pasar con las inversiones, los equilibrios y la estrategia energética cuando estamos a un paso de que la generación de electricidad se mueva, literalmente, al espacio?


·         ¿Qué va a pasar cuando estas olas nos ahoguen sin tener nada parecido a un plan, ya no digamos para mantenernos a flote, sino por lo menos para nadar con la corriente?


Entonces, ¿Sheinbaum importa? Sí, claro… de cierta manera… lo que haga desde el gobierno federal tiene un impacto en nuestras vidas, sobre todo en el corto plazo. Sin embargo, no es tanto, ni de lejos, como creen sus enemigos o sus aduladores. Que si Hugo, Paco o Luis son los “coordinadores de la defensa” del partido Fulanito en el estado Mengano… eso les importa a Hugo, Paco y Luis. Que si le pegaron a la escultura de Calderón… eso le importa, o le debería importar, al cuidador de Los Pinos.


Todo ello porque, cuando estamos ya no a las puertas, sino metidos de lleno en un proceso de revolución a nivel civilizatorio, el peso de la grilla palidece en su propia frivolidad. Lo que sí importa es el futuro que ya se está diseñando y que ya se está construyendo, no en las mañaneras ni en los tuitazos opositores, sino en las naves, en los algoritmos y en la propia población.


Como siempre, para bien y para mal.


Gerardo Garibay Camarena.

Doctor en Derecho, profesor, escritor y consultor político.



 

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