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Entre la paz y la Guerra

Todos sabemos que las guerras forman parte de la historia de la humanidad. Las ha habido de muchos tipos e, incluso, en la Historia Sagrada se narran las guerras que libró el pueblo elegido por Dios para poder asentarse en la Tierra Prometida. Este hecho, sin embargo, no siempre fue motivo de reflexión e, incluso, numerosos escritores consideran que este tipo de eventos han tenido efectos detonadores positivos, particularmente en materia de tecnología bélica que, luego, se traslada en aplicaciones hogareñas o fabriles que han permitido progresos económicos y sociales.


De las guerras de conquista, no han faltado personajes célebres en la historia que las impulsan o las elogian. La Batalla de las Termópilas, por ejemplo, es un hecho que es admirado y reconocido de tal manera, que la famosa Carrera de Maratón se estableció en recuerdo de la misma. Hay novelas caballerescas con sus respectivos caballeros andantes y las damas por las que se lucha y que merecieron, por parte de Miguel de Cervantes Saavedra, una crítica que dio origen al célebre libro del Caballero Andante Don Quijote de la Mancha.


Hay países que nos la hemos vivido en guerras externas e internas en beneficio de unos y perjuicio de otros. Esta presencia bélica se recuerda continuamente al entonar el Himno Nacional Mexicano: “Mexicanos al grito de guerra…”, y no precisamente porque nos haya ido muy bien con esos conflictos.


Muchos  filósofos, como San Agustín y Santo Tomás de Aquino, se han interrogado, reflexionado y emitido juicios sobre la licitud de la misma.  Fue así como surgió el concepto de “guerra justa” y se definieron las condiciones de la misma. Sin embargo, pocas naciones se han auto interrogado acerca de la legitimidad de sus guerras de conquista. España  fue pionera.


Carlos V convocó a la Controversia de Valladolid (1550-1551) donde teólogos y abogados sometieron a juicio la obra realizada por España en el Continente Americano y de ahí surgieron las luces y sombras, lo legítimo o lo ilegítimo que podía tener una guerra de conquista. Fue una rica reflexión de donde surgió, gracias a Francisco de Vitoria, lo que hoy se entiende como principios del Derecho Internacional. Pero no fue el único, numerosas voces se oposieron a prácticas indebidas que ya la reina Isabel la Católica había prohibido en acciones, ordenando a Cristóbal Colón liberara los esclavos que había llevado a la península, considerando que los habitantes de las tierras descubiertas eran vasallos con igualdades derechos que los habitantes de la península y dictó medidas en su testamento para impedir la explotación de los indígenas.


 Numerosas voces se levantaron en contra de las malas prácticas de algunos españoles: Fray Antón de Montesinos y su comunidad de dominicos, Bartolomé de las Casas y Don Vasco de Quiroga levantaron sus voces ante la corona en defensa de los indígenas. Tata Vasco escribió en el Capítulo III de la Información en Derecho, entre otras cosas: “Contra estos últimos infieles (los naturales de Nueva España), ningún rey, ningún emperador, ni la Iglesia romana, puede mover guerra para ocupar sus tierras o para sujetarlos políticamente, pues que no hay ninguna causa de guerra justa”.


Durante todo el Siglo XX los papas se pronunciaron contra la guerra y buscaron prevenirla, fueron numerosos los llamados de Benedicto XV, las posiciones de Pío XI, las acciones de Pío XII que le merecieron ser calificado como “el Papa de la Paz”, la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, en fin hasta nuestros días con la advertencia del Papa Francisco de que vivimos una Tercera Guerra en fracciones o los insistentes llamados del Papa León XIV para alcanzar la paz en Europa y Medio Oriente.

Imagen de Freepik
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Los papas han sido desoídos, pero ahora, no solo se les ignora, sino que el presidente Donald Trump ha llegado al extremo de agredir e insultar al Papa León XIV, inventándole expresiones e intenciones que no corresponden con su ministerio, al grado de atribuirle apoyos al armamentismo nuclear.


Pocas son las voces, fuera de la Iglesia y otras religiones, que se levantan clamando por la paz, y menos aún, los funcionarios públicos que, como lo hizo el oidor Vasco de Quiroga, se atreven a disentir y enfrentar a sus jefes por sus posiciones bélicas. Llamo la atención al respecto la renuncia del director del Centro Nacional Antiterrorista de los Estados Unidos, Joe Kent, quien renunció a su cargo el mes pasado como protesta contra la guerra en Irán. Por la posición que ocupaba es evidente que contaba con información suficiente para sostener, como lo hizo que dicho conflicto no podía ser una guerra justa, ya que no existía una amenaza inminente de ese país.


¿Cómo se atreve, entonces, el delirante Trump a agredir a León XIV por levantar la bandera de la paz? Además de exhibirse, una vez más, como delirante, hace quedar mal, muy mal, a su país.


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